Para Alison.

Estás nerviosa.

El manuscrito tiembla en tus manos mientas tu respiración comienza a hacerse entrecortada.  Tus ojos están posados sobre las hojas, pero no estás leyendo nada. Pongo mi mano en tu muslo y ahogas un suspiro; cierras los ojos y lo dejas salir suavemente. Tu piel está caliente, tu labio inferior comienza a temblar. Me ves; te veo. Nos fijamos la mirada entendiendo lo que nos llevó a este momento, y por qué estamos aquí.

Y lo que estamos a punto de hacer.


 

Avenida Nerea, 8:30pm. Te espero desde hace veinte minutos en la terraza del hotel. Nunca nos hemos visto; a duras penas nos conocemos. unos cuantos mensajes instantáneos, unas cuantas discusiones sobre libros, son los únicos nudos entre ambos. No han faltado coqueteos e insinuaciones, guiños y frases con doble sentido.

En esos mensajes, en ese medio frío, encontramos nuestro (más…)

Natasha amaba el teatro.

Natasha amaba el Teatro.

No lo amaba figurativamente. Lo amaba de verdad; desde que tenía memoria soñando  interpretar una ilusión ante cientos de personas, en dibujar con su rostro los esquivos sentimientos, plasmar con su cuerpo las penas de sus personajes.

El escenario resonaba con cada uno de sus pasos en la sala vacía. El estruendo de cada golpe contra las tablas llenaba los pulmones del edificio, agitando al silencio que reaparecía entre cada frase. Sus cabellos dorados, recogidos en una tensa cola de caballo, poco lograban contener sus movimientos premeditados.

En el fondo, era tímida. O introvertida. O quizá las dos cosas. Sabía que había alguna diferencia mas no le importaba mucho la etiqueta. Lo que sí sabía a ciencia cierta era su habilidad para transfigurarse en un papel. En ese instante, cuando no era ella, cuando hacía de otra persona, cuando vestía y (más…)

La mañana después

El sol había invadido la habitación desde hace un par de horas. El aire, de frío nocturno se había desvanecido en una atmósfera cónsona con la temperatura de los cuerpos que yacían en la cama.

El techo de espejos los arropaba mejor que las sábanas, algunas en el piso. La lámpara de la mesa de noche seguía caída hacia un lado y las pocas prendas de ropa visibles jugaban a las escondidas.

En esa bóveda de reflejos, Victoria se miraba a sí misma. Su expresión contrastaba por lo neutra con los sentimientos que la embargaban.

Le dolía la cabeza. Ese dolor que bien conocía cada vez que tomaba ron. No sería la última vez, ni sería la última noche que despide abrazada a un hombre complicado.

Ambos seguían desnudos. Ella, boca arriba, los senos derramándose indecisos a ambos lados de su pecho, el pezón derecho aún en los labios de Julio. Victoria lo veía casi como un niño. Después de todo, tenía quince años menos que ella. Una eternidad.

Las piernas de él, enredadas con la de ella. Sentía su miembro flácido presionado contra el muslo. Por un momento sintió miedo; miedo de agarrarle el gusto a esa piel, a esa barba, a esos ojos claros que la mataban desde el día en que la había visto desnuda por accidente.

¿Por accidente, o por descuido? después de tantos meses, aún no se ponía de acuerdo. Respiró profundo; la garganta le ardía y la boca le sabía a semen. (más…)

Un nuevo rumor.

Eran las últimas horas de una noche que se perfilaba espesa por el aire del verano. La universidad se iba quedando sola poco a poco, a medida que se apreciaba el peregrinaje del estacionamiento justo fuera del salón. En el ala norte del edificio de ciencias sociales finalizaba una evaluación intrascendente; cada quien terminaba su intento, colocaba el papel en una pila y salía en silencio.

Así hasta que solo quedó Samira.

Andrés terminaba de revisar los informes de la semana pasada. Se le había acumulado el trabajo y aprovechaba el tiempo muerto para ponerse al día. Garabateaba observaciones en uno de ellos, cuando el rabillo del ojo se le quedó clavado en los muslos de ella.

Samira casi no se movía, salvo por la mano frenética que llenaba línea tras línea. Eran las 10:59 y hace más de una hora se había vaciado prácticamente todo el edificio. Su pelo negrísimo caía lacio sobre la piel oliva de su cuello descubierto; las piernas, de una voluptuosidad que contrastaba con los delgados brazos, se mostraban prietas al estar cruzadas casi en espiral.

Andrés se enderezó en el asiento. Samira también lo veía con el rabillo del ojo. Intencionalmente, giró las caderas hacia él y cambió el cruce de piernas, apenas permitiéndole ver un poco más allá. Usualmente vestía ceñido, pero esta vez cargaba un vestido no inusual para su costumbre, pero sí muy apropiado para sus fines.

El hombre se quedó inmóvil, con la pluma pegada a la última rúbrica en el informe que revisaba. Inconscientemente había separado un poco las piernas y se preguntaba por qué, en medio de las largas semanas de estrés, de las cuentas acumuladas, de las intermitentes discusiones con su esposa, de los desvelos adelantando trabajo… por qué precisamente en este momento lo acariciaba la libido acumulada provocándole una erección a medias. (más…)

En el Laboratorio.

La piel de Sandra se erizó al instante en que Julián se acercó a centímetros de ella.

El laborario vacío los arropaba a media luz, cercanas ya las horas de la madrugada. La investigación estaba comenzando a arder las pestañas, pero el gesto de él, bajo el pretexto de acercarse al microscopio, la devolvió al momento y a sus ganas.

– ¿Entonces, veo o no lo que me dices?

Sus labios estaban extrañamente cercanos a los ojos de ella. Aún después de un puñado de horas, el perfume que impregnaba la bata inmaculada le mataba. Siempre había existido esta tensión, siempre habían tenido otros encuentros, todos grupales, todos diplomáticos, ninguno en serio.

Y aquí estaban los dos, acompañados solo por el zumbido de las luces de neón que continuaban encendidas. Algunos fogonazos de la calle surcaban el techo antes de desvanecerse, como los suspiros que Sandra ahogaba para no delatarse.

– Sí, sí… míralo ahora, a ver…

Julián no la apartó para asomarse al cañón del microscopio; en vez de eso, la sujetó suavemente con un brazo mientras se inclinaba sobre el aparato.

Él también había intentado acercarse, en tantos momentos interrumpidos que ya había perdido la cuenta. Ahora, totalmente solos y fingiendo estar agotados, estaban a tres latidos de distancia; los labios inmóviles esperando la orden.

– ¿Entonces? es…

Él había levantado la vista, y ella se había acercado ligeramente. Ninguno de los dos movimientos fue casual. Chocaron las miradas.

Sobraban las palabras.

Los ojos, las pupilas, las fóveas, la anatomía completa fundida en líneas nerviosas que trataban de hacerse entender. Las miradas que se estudiaban entre sí, para tener una señal. Los labios trémulos de ella. El corazón desbocado de él.

Fueron solo dos segundos. (más…)

Entre copa y copa.

Habían transcurrido menos de cinco minutos y Julio ya comenzaba a darse cuenta de que posiblemente, el haber ido a la tienda de lencería para comprarle un regalo había sido una idea entre temeraria y precipitada.

El dilema era digno de la física cuántica: si compraba un regalo demasiado conservador, parecería estar juzgando su comportamiento reciente. Si compraba algo demasiado atrevido, también. Pero ese también tendría el riesgo-beneficio de poder comerse lo que iba embutido en esas copas 36D.

Unos ojos negrísimos esperaban su respuesta. Se quedó pensando en sus propias mejillas, que sentía arder de lo coloradas. Inconscientemente se había quedado viendo el esternón de la chica mientras pensaba en sus propias mortificaciones, aunque afortunadamente ella se encontraba bastante más tapadita de lo que sugeriría el trabajo de alguien que se especializa en vender tangas.

– Señor, ¿Puedo ayudarle?

No era la primera vez que le hacían esa pregunta. Tragó entero, se dio media vuelta y salió caminando poco a poco.

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