Un nuevo rumor (Parte II)

Ésta es la continuación de “Un nuevo rumor”, que puedes leer en este enlace.


 

La sala del apartamento era espaciosa, aunque estaba desordenada. Un par de cajas, producto de una televisión a medio instalar, saltaban a la vista sobre la decoración entre parca y minimalista. La mesa de vidrio que protagonizaba el espacio, estaba casi totalmente tapada por libros, libretas, apuntes con dos figuras sentadas una al lado de la otra.

Era jueves, día del grupo de estudio que Andrés había organizado para sus estudiantes siembre que se pusieran de acuerdo al menos con dos días de antelación. Los niños se quedaban en casa de la abuela, y Sandra como siempre trabajaba hasta tarde en el laboratorio. De los pocos momentos libres que tenía, apartaba ese lapso entre las 8 y 10 pm para seguir haciendo lo que mejor se le daba: enseñar. Normalmente, venían tres o cuatro estudiantes cada dos semanas. Hoy, tres habían apartado el espacio pero solo una había venido.

El cabello de Samira le tapaba por completo el rostro mientras escribía un resumen. Andrés la veía en silencio, preguntándose si no habría sido planeado por ella llegar sola esa noche. Al principio se había puesto nervioso, pero a medida que pasaba el tiempo y su estudiante no demostraba ningún tipo de insinuación, pudo relajarse. Ya bastante peligroso le parecía estar a solas con ella, después de que hace menos de un mes casi los descubren en la facultad.

Samira se volteó el cabello hacia el otro lado e hizo una pausa; comenzó a hacerse una rosca en el pelo, los brazos en alto exponiendo el generoso busto bajo la camiseta negra estampada. Disimuladamente, Andrés giró la mirada hacia otro lado.

Recibió un mensaje de texto. “Voy a tardar un poco”. Ya estaba acostumbrado a que su esposa llegara pasadas las diez de la noche, pero últimamente las horas extras se habían hecho más largas; casi tan largas como los minutos que duraban las cenas juntos en silencio, si es que llegaban a coincidir. Últimamente la veía no solo callada, sino también distante. En ese momento se dio cuenta que ya no le hacía tantas preguntas como antes, cuando hablaban de prácticamente todo lo que les ocurría. Ya eso no pasaba más; no habían inquietudes, no habían preguntas.

– ¿Me permites ir al baño un momento? -La voz dulce de Samira lo devolvió a ese instante. -Creo que ya terminé aquí, puedo continuar en mi casa mañana.

– Sí, no hay problema, puedes ir al… -Andrés recordó que aún no había arreglado el baño de visiantes, desde la semana pasada en la que una reunión familiar, de esas que tanto detestaba, le había dejado un saldo de dos copas rotas y el wáter descompuesto. -No, ese no. Puedes ir al que queda al final del pasillo.

Samira se levantó y se dirigió por el pasillo a la puerta señalada. Andrés también se puso de pie y comenzó a recoger los papeles y libros regados sobre el área de estudio. Planeaba darse un baño caliente y tratar de descansar un poco, cuando Samira se fuera. Últimamente, sobre todo después del encuentro con ella, le había costado mucho dormirse.

Olvidando que su estudiante aún se encontraba en la casa, se sacó la camisa de debajo del pantalón para ponerse cómodo. Enseguida se dio cuenta del lapsus; no estaba solo aún, pero ya quería quitarse la ropa.

Después de hoy, suspendería indefinidamente el grupo de estudio. Necesitaba tiempo para él; necesitaba tiempo para pensar qué quería realmente y cuál era su objetivo. Ni siquiera sabía a dónde iba su matrimonio. O sí sabía, con tentaciones como ésta. Con Samira, solos en su casa. Con esta…

Samira lo abrazó por detrás. Había regresado sin que él escuchara nada. Recordó que al irse ella por el pasillo y viendo esas caderas moviéndose de un lado al otro, el sonido de sus tacones llenaba la sala. ¿Se habría…

Una mano comenzó a acariciarle el (más…)

Virgen en la arena

El cielo se mostraba indeciso entre vestirse de malva, naranja o índigo; las primeras estrellas comenzaban a distinguirse tras un atardecer cuyas nubes dispersaban la luz agonizante en todas direcciones.

El mar estaba en calma, después de un día en el que la lluvia había intervenido sin permiso los planes de quienes ahora avivaban luces en el horizonte. A esta distancia, la música se distinguía a duras penas; el oleaje y su murmullo servían de fondo perfecto para las risas de dos encontrados aleatoriamente en la arena.

Ella salió corriendo de repente sin dejar de reír. Él, le dio un par de segundos de ventaja; mar y cielo los envolvía y los protegía al mismo tiempo. Mar y cielo les ocultaban. Mar y cielo no revelarían lo que harían.

Carmen estaba tendida en la arena. El pecho le subía y bajaba rápidamente, la blusa blanca transparentada por el agua de mar y surcada por los caprichosos cabellos que le cubrían el rostro y la sonrisa. Gianluca sobre ella, apartándose la melena rubia hacia atrás, revelando sus ojos aguamarina del color exacto que les servía de cobijo.

La juventud se encontró con ellos esa tarde hecha noche. Gianluca no llegaría a las dos décadas hasta el próximo verano; Carmen contaba mil días menos que él. Edades emocionantes, edades sin prejuicios, edades peligrosas.

Carmen no dejaba de ver su pecho; le acariciaba los brazos de músculos delgados y atractivas venas; sentía la pierna de él atrapando las suyas y recordaba todas las veces en las que había escuchado su voz, derritiéndose ante su acento.

Ahora mismo, estaba derretida. Empapada, y no por el mar; una mano comenzó a acariciar el pecho varonil; la otra, a desabotonarse la (más…)

Juliet y nuestras dos dimensiones

Las luces nocturnas acompañaban al silencio. Nos encontraba la madrugada, esa hora fascinante entre las tres y las cuatro en la que casi todo el mundo duerme. En la que no es ni noche ni día. Esa hora que parece no existir en el tiempo.

El evento había terminado hace horas; el lanzamiento de la nueva página web de la compañía, un esfuerzo de meses, un estrés de semanas. Todo había salido de maravilla.

¿En qué participé yo? bueno, ya sabes que me gusta escribir. Y escribir para seducir; ‘copywriter senior’ me apodan de día. De noche, me escurro entre las sombras para redactar historias proscritas que nadie más conoce. Nadie excepto una, y justo en ese momento me encontraba junto a ella dentro de una limosina estacionada en el último piso del estacionamiento de la compañía. Estábamos solos en medio de esa planicie sin techo, a semejanza de una isla en medio del océano.

Juliet era la directora de marketing; un cargo que ostentaba a sus exquisitos 27 años. La piel le contrastaba con el traje negro, cortado violentamente hasta bien arriba del muslo revelando suficiente dedicación al gimnasio. El cabello, de un tono a medio camino, le caía sobre los hombros y el rostro. Sonreía.

Nos conocíamos en dos dimensiones; primero, ella solo era mi jefa en el departamento donde coincidíamos de 9 a 5 en un mundo aparentemente civilizado. De noche y hasta altas horas de la madrugada, compartíamos deseos a través de mensajes secretos.

Nos conocimos como almas anónimas que buscaban desahogarse en escondites digitales, y hace menos de dos semanas descubrimos la asombrosa casualidad; al revelar nuestras identidades diurnas, resultamos ser colegas, cotidianos, comunes al mismo espacio. Una cita parecía lo más lógico, pero mas allá de mis veinte años más que ella, estaba el conflicto de intereses propios de nuestro espacio laboral compartido.

Aunque nos hubiese gustado saltarnos ese conflicto, estábamos en plena recta final del lanzamiento; no teníamos tiempo ni para pensar. Más allá de un guiño cómplice o un pobremente disimulado tropiezo, no teníamos espacio ni cabeza para más.

Y sin embargo, allí estábamos.

Exhaustos por las últimas 36 horas que no habían parado. Ella, sin zapatos y con las piernas sobre las mías para descansar sus pies. Dos copas de champán servidas de una recién abierta botella – la tercera, creo yo – , y mis ojos en sus labios.

Los labios de Juliet tenían algo especial. Eran llenos, hermosos y coronaban con armonía un rostro de luna que ostentaba dos ojos grandes, ligeramente rasgados. De por sí verla día a día era estimulante; tenerla allí, arreglada, relajada y en absoluta soledad, era embriagante. Sus (Sigue leyendo)

Un nuevo rumor.

Eran las últimas horas de una noche que se perfilaba espesa por el aire del verano. La universidad se iba quedando sola poco a poco, a medida que se apreciaba el peregrinaje del estacionamiento justo fuera del salón. En el ala norte del edificio de ciencias sociales finalizaba una evaluación intrascendente; cada quien terminaba su intento, colocaba el papel en una pila y salía en silencio.

Así hasta que solo quedó Samira.

Andrés terminaba de revisar los informes de la semana pasada. Se le había acumulado el trabajo y aprovechaba el tiempo muerto para ponerse al día. Garabateaba observaciones en uno de ellos, cuando el rabillo del ojo se le quedó clavado en los muslos de ella.

Samira casi no se movía, salvo por la mano frenética que llenaba línea tras línea. Eran las 10:59 y hace más de una hora se había vaciado prácticamente todo el edificio. Su pelo negrísimo caía lacio sobre la piel oliva de su cuello descubierto; las piernas, de una voluptuosidad que contrastaba con los delgados brazos, se mostraban prietas al estar cruzadas casi en espiral.

Andrés se enderezó en el asiento. Samira también lo veía con el rabillo del ojo. Intencionalmente, giró las caderas hacia él y cambió el cruce de piernas, apenas permitiéndole ver un poco más allá. Usualmente vestía ceñido, pero esta vez cargaba un vestido no inusual para su costumbre, pero sí muy apropiado para sus fines.

El hombre se quedó inmóvil, con la pluma pegada a la última rúbrica en el informe que revisaba. Inconscientemente había separado un poco las piernas y se preguntaba por qué, en medio de las largas semanas de estrés, de las cuentas acumuladas, de las intermitentes discusiones con su esposa, de los desvelos adelantando trabajo… por qué precisamente en este momento lo acariciaba la libido acumulada provocándole una (Sigue leyendo)

Para Alison.

Estás nerviosa.

El manuscrito tiembla en tus manos mientas tu respiración comienza a hacerse entrecortada.  Tus ojos están posados sobre las hojas, pero no estás leyendo nada. Pongo mi mano en tu muslo y ahogas un suspiro; cierras los ojos y lo dejas salir suavemente. Tu piel está caliente, tu labio inferior comienza a temblar. Me ves; te veo. Nos fijamos la mirada entendiendo lo que nos llevó a este momento, y por qué estamos aquí.

Y lo que estamos a punto de hacer.


 

Avenida Nerea, 8:30pm. Te espero desde hace veinte minutos en la terraza del hotel. Nunca nos hemos visto; a duras penas nos conocemos. unos cuantos mensajes instantáneos, unas cuantas discusiones sobre libros, son los únicos nudos entre ambos. No han faltado coqueteos e insinuaciones, guiños y frases con doble sentido.

En esos mensajes, en ese medio frío, encontramos nuestro (más…)

Natasha amaba el teatro.

Natasha amaba el Teatro.

No lo amaba figurativamente. Lo amaba de verdad; desde que tenía memoria soñando  interpretar una ilusión ante cientos de personas, en dibujar con su rostro los esquivos sentimientos, plasmar con su cuerpo las penas de sus personajes.

El escenario resonaba con cada uno de sus pasos en la sala vacía. El estruendo de cada golpe contra las tablas llenaba los pulmones del edificio, agitando al silencio que reaparecía entre cada frase. Sus cabellos dorados, recogidos en una tensa cola de caballo, poco lograban contener sus movimientos premeditados.

En el fondo, era tímida. O introvertida. O quizá las dos cosas. Sabía que había alguna diferencia mas no le importaba mucho la etiqueta. Lo que sí sabía a ciencia cierta era su habilidad para transfigurarse en un papel. En ese instante, cuando no era ella, cuando hacía de otra persona, cuando vestía y (más…)

La mañana después

El sol había invadido la habitación desde hace un par de horas. El aire, de frío nocturno se había desvanecido en una atmósfera cónsona con la temperatura de los cuerpos que yacían en la cama.

El techo de espejos los arropaba mejor que las sábanas, algunas en el piso. La lámpara de la mesa de noche seguía caída hacia un lado y las pocas prendas de ropa visibles jugaban a las escondidas.

En esa bóveda de reflejos, Victoria se miraba a sí misma. Su expresión contrastaba por lo neutra con los sentimientos que la embargaban.

Le dolía la cabeza. Ese dolor que bien conocía cada vez que tomaba ron. No sería la última vez, ni sería la última noche que despide abrazada a un hombre complicado.

Ambos seguían (más…)

En el Laboratorio.

La piel de Sandra se erizó al instante en que Julián se acercó a centímetros de ella.

El laboratorio vacío los arropaba a media luz, cercanas ya las horas de la madrugada. La investigación estaba comenzando a arder las pestañas, pero el gesto de él, bajo el pretexto de acercarse al microscopio, la devolvió al momento y a sus ganas.

– ¿Entonces, será que puedo ver lo que me pides?

Sus labios estaban extrañamente cercanos a los ojos de ella. Aún después de un puñado de horas, el perfume que impregnaba su bata inmaculada, le mataba. Siempre había existido esta tensión, siempre habían tenido otros encuentros, todos grupales, todos diplomáticos, ninguno en serio, ninguno como lo imaginaba.

Y aquí estaban los dos, acompañados solo por el zumbido de las luces de neón que continuaban encendidas. Fogonazos de luz escurriéndose por la ventana surcaban el techo antes de desvanecerse, como los suspiros que Sandra ahogaba para no delatarse.

– Sí, sí… míralo ahora, a ver…

Julián no la apartó para asomarse al cañón del microscopio; en vez de eso, la sujetó suavemente con un brazo mientras se inclinaba sobre el aparato.

Él también había intentado acercarse, en tantos momentos interrumpidos que ya había perdido la cuenta. Ahora, totalmente solos y fingiendo estar agotados, estaban a tres latidos de distancia; los labios inmóviles esperando la orden.

– ¿Entonces? es…

Él había levantado la vista, y ella se había acercado ligeramente. Ninguno de los dos movimientos fue casual. Chocaron las miradas.

Sobraban las palabras.

Los ojos, las pupilas, las fóveas, la anatomía completa fundida en líneas nerviosas que trataban de hacerse entender. Las miradas que se estudiaban entre sí, para tener una señal. Los labios trémulos de ella. El corazón desbocado de él.

Fueron solo dos segundos. (más…)

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